miércoles, 1 de junio de 2011

Las ruinas de San Isidro

- Buenas noches - dije mientras me sacaba mi anillo de comunicación (de ese modo nadie podría rastrearme)
- Que descanses, Wendy - respondió la habitación
Después de guardar el anillo en el cajón de mi mesita de noche, tomé mi aerotabla y salté por la ventana.
Dos calles después, cerca de la tienda donde venden los robots programados para cocinar y limpiar, estaban ya mis amigas esperándome.
- ¡Qué raro tan temprano! - dijo Cloe al verme llegar, con un tono irónico.
- Que graciosa, pero yo no llego tarde, creo expectativa.
- Bueno, ¿listas?-  preguntó Meg subiéndose a su aerotabla.
Asentimos, y entonces las tres empezamos a tomar altura. Era la primera vez que nos escapábamos de nuestras casas de noche para alguna aventura, y eso lo hacia aún más emocionante. Nos dirigíamos a una ciudad, mejor dicho a las ruinas de una ciudad, donde vivían antes los oxidados (como los llamábamos nosotras), quienes a finales del año 2100 con toda su contaminación, su tala indiscriminada, sus guerras y la explotación de recursos causaron una terrible consecuencia que casi destruye al mundo. Afortunadamente, algunas personas pudieron escapar y repoblar la sociedad. Así es como al día de hoy, en el año 2300, todos vivimos en paz, con recursos reutilizables, reciclando la mayoría de las cosas y admirando algunas de las construcciones que quedaron hace 200 años.
Al cabo de una hora, habíamos llegado. Lo único que nos alumbraba era la luz de la luna. Bajamos hasta la altura de las copas de los árboles y empezamos a recorrer lo que había bajo nuestros pies. Montones de edificios altos abandonados y rotos, muchos de esos autos antiguos con ruedas amontonados. Me pude imaginar a los oxidados en esos autos, décadas atrás, buscando una escapatoria.
- ¡Miren eso!
Cloe, que estaba delante de Meg y yo, detuvo su aerotabla y señaló a una especie de casona enorme, que estaba en muy buen estado comparada con las demás construcciones. Aun así, la pintura amarillenta que la cubría estaba descarada y montones de escombros la rodeaban. Se veía escalofriante.
- ¡Vamos! - siguió Cloe
- ¿Qué? Estas loca, no pienso entrar ahí - dije muerta de miedo
Ahora que me había puesto a pensar sobre los oxidados y sus equivocaciones, imaginaba que todo lo que vendría de ellos seria terrible.
- Podría ser divertido - añadió Meg
- No lo creo. Imaginate si hay un oxidado zombi esperándonos con uno de sus tan "buenos inventos" como una bomba nuclear o un arma de fuego.
- Estas exagerando, Wendy. No ahí nadie allí hace tiempo. No te olvides que vinimos para averiguar como vivían los que estuvieron antes que nosotros.
Tenía razón, para eso habíamos venido. Aunque hayan cometido errores, era inevitable sentir curiosidad por saber como eran sus vidas antes. Además, lo que yo planteaba de los zombis era totalmente ridículo y cobarde. Finalmente accedí con una sonrisa. Después de todo, eran dos contra una, y prefería ir con ellas que quedarme ahí, sola.
Bajamos de las aerotablas y caminamos hacia la entrada. La reja de la puerta estaba tan oxidada que con un solo empujoncito se abrió. Nos encontramos en un patio extenso y sin techo, con escaleras y diferentes puertas, pero casi todas comunicaban a salones iguales. La mayoría eran grandes y espaciosos, con ventanales llenos de telarañas. Había mucho polvo blanco en el piso, y en algunos, encontramos escombros de sillas y bancos. Un salón era diferente al resto: había una linda y bien conservada chimenea junto a una gran escalera de madera que crujía mucho. Lo recorrimos todo, pero aun no teníamos indicio de qué seria ese lugar. Hasta que, ví algo que brillaba asomándose entre unas piedras. Me ensucie un poco las manos y lo saqué. Parecía una placa; "Colegio Nacional San Isidro".
Era un colegio. Había oído hablar de ellos alguna vez. Era donde los jóvenes iban a estudiar y aprender, había profesores e iban chicos de diferentes edades. Muy diferente a la forma de integrar conocimientos que tenemos ahora; cada joven aprende en su casa, solo se conecta el casco inteligente, que llena el cerebro con la información necesaria.
Llamé a Meg y Cloe, que estaban admirando unos cuadros polvorientos. Ellas se asombraron también y propusieron volver a la habitación con la chimenea para buscar más información. Lo conseguimos inspeccionando dentro del cajón de un escritorio caído. Había hojas escritas con nombres, materias, y números.
- ¿Escribían a mano?
Muy pocas veces había visto algo escrito a mano, esa forma de escritura esta casi extinta. Ahora, todos dicen que tecnológicamente es mucho más eficaz y simple: si cometes algún error de ortografía, la computadora te lo corrige automáticamente, sin que te des cuenta.
- Parece que sí. Nada de esto tiene fecha, pero es bastante viejo.
En el fondo del cajón, abajo del polvo, había una bolsa con un disco redondo y plateado.
- ¿Que es esto? - dije tomándolo
- ¡Ah, un CD! - respondió Meg, con los ojos como platos
- ¿Un qué?
- Un CD. Los oxidados los usaban para guardar o trasladar datos, fotos, videos o cualquier cosa usando una computadora. Era última tecnología en sus tiempos.
-¿Esta cosa ultima tecnología? ¿Y como se usa?
- No lo sé, con una de sus computadoras. Pero es imposible encontrar una, eso tendrá unos 250 años.
-¿Y en un museo? - ideó Cloe - Una vez fui a uno del siglo XXI. Tenían radios, televisiones, teléfonos y otras cosas prehistóricas, debe haber computadoras viejas.
- No es mala idea.

"Museo de ciencias tecnológicas del siglo XXI".
Fuimos dos días después de haber encontrado el CD. Desde entonces, no habíamos visto una construcción tan grande como aquel colegio, ni siquiera este museo, que tenía todo lo que se podría imaginar en cuanto artefactos tecnológicos entre los años 2000 y 2100. 
-¿Puedo ayudarlas en algo señoritas? - pregunto una de las guías del museo
-Sí, estamos buscando algo donde podamos ver esto – dijo Cloe mostrando el disco
-¿Es un CD? ¡Qué interesante! Afortunadamente tenemos lo que buscan, y funciona perfectamente. Pero dudo que puedan verlo, esta muy dañado.
-No perdemos nada con intentarlo.
La simpática mujer nos acompaño y una vez encendida la computadora, apretó un botón y salió un compartimiento que indicaba colocar el CD. Esperamos unos minutos, todas calladas, viendo la pantalla, nada pasaba. Seguramente el CD había estado tantos años ahí, sin que nadie lo tocara, que simplemente dejó de funcionar. Perdíamos la esperanza cuando vimos que un cartel apareció. Apretamos el botón "ver video" y una nueva ventana se abrió. Empezó a oírse un sonido y a verse una imagen. Era el patio del Colegio, pero totalmente diferente a lo que habíamos visto dos noches atrás, estaba lleno de luz, de vida y de chicos. En un momento del video, una señora tomó el micrófono y empezó a hablar; "¡Hay que festejar estos 201 años de independencia argentina!" dijo.
-¿201 años? - susurré mientras sacaba cuentas - Era el año 2011
Aunque la mayoría de la información había desaparecido, se sabía que el 25 de mayo de 1810 era una fecha memorable y se seguía festejando. Es más, hace unos meses se conmemoraron los 490 años aunque la mayoría de las personas no saben la importancia que tiene, estos chicos si lo sabían.
Cuando terminó de hablar la señora, unos alumnos se pusieron a bailar mientras unas chicas tocaban la guitarra y cantaban. Al cabo de unos minutos la imagen se puso negra y el compartimiento salio hacia afuera indicando que saquemos el CD.
-Se veían tan felices- habló finalmente Meg
-¿Esas personas habrán llegado al año 2100?
-Tal vez sí. Si en el 2011 eran adolescentes, en el año 2100 habrían tenido poco más de 100 años de edad- expliqué
-Quizás ellos no lo hicieron, pero sus hijos y sus nietos sí.
Entonces nos dimos cuenta que la gran parte de los hijos y nietos de esos chicos habían muerto, por la contaminación provocada por sus propios padres.
-Si tan sólo hubieran sabido lo que venía si no cambiaban de actitud.
-Ojalá alguien se los hubiese anticipado…


Daniela Tocci, Daniela Santa Cruz, Guadalupe Moreno y Victoria Mattia 

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