Lentamente notaba como mi realidad, poco a poco se cerraba hasta convertirse en un oscuro abismo, donde no había visibilidad alguna.. mis ojos estaban cerrados. Hasta que, a lo lejos, estaba ella: María Amanda. Quien con su desafiante mirada trepaba aquel cráter que se destacaba entre el estelar por su intenso color fucsia. De pronto, cayeron como hojas guiadas por el viento, un cúmulo de piezas con determinaciones que parecían encajar entre sí. Nuevamente aquel oscuro abismo volvía, y luego Amanda y el cráter regresaban también.
Debajo, se divisaba a lo lejos el centro de una ciudad, caracterizada por el obelisco. A un lado, un flacucho llamado Juan Carlos, que vestía unos jeans con cadenas, disfrutaba tranquilo de una porción de pizza crocante. Cuando su rostro se tornó a una expresión anonadada. Observaba como se daba paso a la oscuridad en plena mañana... era un eclipse.
Oscuridad, una pared vestida de negro que se levantaba lentamente, hasta que terminaba de abrir mis ojos. Mi cabeza, sobre una almohada, recostada sobre la alfombra. Miré mi mano, y allí estaba, la última pieza fucsia de aquel extravagante rompecabezas.
Julieta Barrera Secchiari.
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