Siempre nos contaba sus sueños. A veces los exageraba un poco y eso los hacia más interesantes de lo que eran.
Un día, mientras contaba que por primera vez soñaba con nosotros, mencionó que estábamos tal cual que en ese momento y que lo escuchábamos con mucha atención (eso sucedía la mayoría de las veces, pero esta era especial). En toda esa concentración, me pareció estar viviendolo, o quizá la forma en la que lo contaba era lo que me hacia creerlo. Pero no era la única. Mi compañera también lo sentía. Hasta que pasamos de estar en el aula a un bosque encantado. Al decir encantado, me refiero a que cuando llegamos, además de estar sorprendidos, nos recibieron conejos y otros animales hablándonos como si nos conocieran de toda la vida.
Empezamos a caminar y mientras lo hacíamos dejábamos un rastro de golosinas, las cuales varios de mis compañeros se guardaron en los bolsillos. De repente estaban lloviendo confites, que al caer al piso fueron formando flechas que nos marcaban un camino que nos llevó hacia un puente y allí, en el medio del puente, estaba el profesor contando apasionadamente su relato. Nos habíamos olvidado completamente que todo eso era producto de un sueño ajeno. Y cuando el narrador concluyó con su sueño, todos volvimos a nuestra realidad, el aula, él mismo hizo que creyéramos ese mágico viaje.
Victoria Mattía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario